melocotón

Aquella noche Daniel llegaba más tarde de lo habitual. Desde su ascenso a inspector de policía el trabajo se acumulaba. Conducía y sus pensamientos volaban hacia un tema que le incordiaba desde el nacimiento de su hija: la relación entre Laura, su pareja y Melocotón, su fiel compañero canino.

Ella y él siempre se habían llevado bien, pero en estos últimos dos meses el carácter de Laura se había vuelto irascible en general y en particular con el perro. Todo le molestaba y Melocotón, con su habitual parsimonia, se limitaba a gruñir y la evitaba. Lo cierto es que en un perro de semejante tamaño el simple gruñido podía ser aterrador.

Melocotón había sido su compañero desde que lo encontró, ocho años atrás, al desmantelar una red criminal que se dedicaba a las peleas de perros. El cachorro estaba encerrado en una jaula poco más grande que él, un pequeño naranja de ojos tristes. Ambos se miraron y ambos supieron al instante que serían amigos para toda la vida.

Aparcó el coche en el garaje de su nueva casa de dos plantas y comprobó que Laura también había vuelto del trabajo. Pero algo no marchaba bien. El instinto de policía hacía saltar una alarma en su cerebro. Ni una sola luz en las ventanas ¿Tal vez Laura se había acostado pronto? Raro, ¿estaría enferma?

Abrió la puerta y las pesadas zancadas de Melocotón en el piso de arriba le tranquilizaron. En apenas unos segundos, como siempre, el perro apareció por las escaleras, moviendo el rabo para saludarle. Y cuando encendió la luz del pasillo su vida se vino abajo.

Melocotón estaba cubierto de sangre, había dejado huellas sanguinolentas con cada paso y su alegría era incompatible con el salvaje aspecto que mostraba. En su collar, enganchado en uno de los adornos metálicos había un trozo de tela, manchado de intenso rojo oscuro… un harapo que se correspondía con el camisón preferido de Laura. Algo falló en lo más hondo del cerebro de Daniel, sacó su arma reglamentaria y descargó un par de tiros entre los ojos de Melocotón.

En el dormitorio Laura, amordazada, yacía semidesnuda atada de pies y manos a la cama. En la cuna su hija dormía tranquila. Junto a la ventana se veía el cuerpo de un sujeto con el cuello destrozado y acostado sobre el charco de su propia sangre. En la mano aún llevaba los restos del camisón favorito de Laura.

Sus compañeros de la policía comprobaron que el cadáver del sujeto se correspondía con A.A.B, recién liberado tras ocho años de condena por violación e intento de asesinato. Proceso judicial en el que Laura había participado como letrada de la acusación particular. 

capturada

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