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LAS AVENTURAS DE ROBERTO.

CAPITULO I. Los preliminares.

Aquella mañana Roberto comprendió que todos los desastres tienen más de una causa. Su pesadilla nocturna se había gestado mucho antes de beber calimocho con mora.

Y es que su madre tenía la convicción de que para todo esfuerzo hay que tener una buena alimentación… ¿Y qué mayor esfuerzo para un chaval de 19 años que el último examen del cuatrimestre? Así que, con el cuidado propio de las madres, el jueves por la noche puso a remojo tres quilos de garbanzos, ricos en proteínas y carbohidratos, para que el niño acometiera sin problemas el examen del viernes por la tarde. Roberto, ajeno al materno plan, sólo pensaba en qué hacer tras la prueba. Dudaba entre pillarse un pedo tremendo o intentar liarse con “la Carmen”. Y más o menos visualizaba que podía cumplir los dos objetivos.

Después de los repasos mañaneros, siempre aderezados con un par de pajas o tres, más una partidilla a escondidas en el último juego de PC, bajó al Truski a la calle y sobre las 13:00 horas se dispuso a comer. Quería ir pronto a la Uni y tantear el terreno con “la Carmen” antes del examen.

Cuando se sentó a la mesa no imaginaba lo que estaba por venir. Llegó su madre con la olla, que pegaba más calor que la estufa de un esquimal y empezó la excavación en los garbanzos. Cada vez que salía una cucharada de la olla el salón se llenaba de vapores. El niño vio el rebosante plato de garbanzos con más sombra que la pirámide de Keops y no sabía si hincar el diente o escalarlo. Pero como Roberto siempre había sido muy sentido, acometió la tarea sin desdeñar la barra de pan de leña que, con amor, su madre había cortado en equitativas rebanadas. Tras concluir el postre con un mantecado y dos polvorones que habían sobrado de la navidad, caminó escorado como el Titanic hasta la parada del bus. Allí inició el último repaso pero, ya en marcha, entre el calor del vehículo, el vaivén de las curvas y el fermento de los garbanzos, le dio más sueño que a un koala con narcolepsia. Decidió dar una cabezadilla de quince minutos.

Lástima que la línea del autobús no fuera más corta, pues cuando lo despertó el conductor, eran las 16:30 y el examen empezaba a las 17:00 horas. Afortunadamente, como la línea era circular, no andaba muy lejos de la facultad, así que inició una marcha tan apresurada como le permitía su hinchado estómago. ¡Pero llegó! Llegó a tiempo, incluso, de fumarse un cigarro y enterarse de que “la Cármen” se iba al cumple del Carlos, uno de sus colegas… la tarde se presentaba perfecta, incluso examen mediante.

Continuará…

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